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sábado, 31 de marzo de 2018

Poema lírico de Ana María Moix

Mañana - Ana María Moix (1947 – 2014) (Barcelona)


 Cuando yo muera amado mío no cantes para mí canciones tristes, olvida    falsedades del pasado, recuerda     que fueron sólo sueños que tuviste. Hubo un palacio de quimeras en mi rostro.    Eso fui    Mi epitafio preferido sería que mañana, cuando la tierra cubra ese cuerpo dolorido que es el mío, tú anduvieras desangrándote por calles y plazuelas, diciendo mi nombre, no en voz baja, que se apaga tan sólo con el ruido de unos pasos, no con palabras encendidas, ya dijimos que se venden, no con ojos enrojecidos por las lágrimas, que quizás no serían para mí. Este sueño       este sueño que tuviste y que fue tuyo. Mira, no vayas a la playa, mañana, a esa hora tan privilegiada, tan justamente pretendida, cuando mi sangre ya esté helada y mis uñas que comía por no verte y que sólo pintaba de vez en cuando para ti, ya no serán rosadas       ni moradas        negro refugio de gusanos hambrientos     Si fueran, como dijiste un día para conquistarme, de seda. Pero no habrá capullos bajo tierra. ¿Por qué deshicimos el mundo soplando sobre él como antaño sobre un pastel? El tiempo nos perdió, no el que vivimos, ni el que soñamos, se nos contagió. Soplará el viento, caerá la lluvia, pesará la nieve, primero sobre la tierra, después sobre mi cuerpo. Entonces, a esa hora, cuando en ningún bar de la ciudad puedas encontrar mi mirada     ¿cómo no iba a recordártelo a cada instante?       Construimos un castillo en la otra orilla      Mataste un pájaro en el monte en primavera para hacer de sus plumas torreones y cortamos miles de rosas para con sus pétalos edificar la fachada principal. ¿Recuerdas? Qué problema planteaba el puente levadizo: un hada nos sopló al oído que fuera lirios        Y yo, que siempre fui tan tonta, pregunté       cómo asusta el silencio de mañana       si no sufriría frío el duende del castillo       No pusiste cristales en las ventanas. Me enseñaste que en los castillo medievales       las ventanas      los cristales. Pero me los concediste       y afirmaste que la fuerza de mis ojos guardaría al duende de morir a causa de los fríos invernales. Cuando yo muera, mañana, habrá cesado el miedo de pensar que ya siempre estaré sola, entonces no vagues por las calles, no entres a tomar copas por lo bares, porque si te ves en los cristales, si te ves reflejado en cualquier parte no verás tus ojos que yo dije llenos de verbenas, no verás tu boca que besaba sin razón, tu pelo, ¿está encanecido ahora o sigue siendo de seda como cuando te disfrazabas de pastor? Verás tu rostro de cansancio y tus ojos que murieron        son sólo agujeros de metal    Me miraba     Veía un palacio de quimeras en mi rostro y en mis manos      qué pena que no sirvieran para nada. Era ausencia. No de ti       Ni de él         Una Mujer me dijo un día que cuando se empieza no se acaba. Qué falsa invulnerabilidad        la felicidad        ¿Dónde estará ahora?         ¿Dónde estaré mañana?        No me mandes flores a casa           No pongas rosas sobre el mármol de mi fosa       No vagues por las calles, no escribas cartas sentimentales que sólo serían para ti. Ese sueño      ese sueño que tuviste, extraño paraíso de ilusiones, lo supiste, antes que nadie, cómo muere poco a poco un corazón, cómo atrae la llamada  del recuerdo      aunque falso      cómo guía nuestros pasos. No te pierdas mañana en historias que inventamos y apuntamos sobre el viento. Qué mentira nuestra adolescencia de payasos. Vete       vete allí, mañana, sin cantar canciones tristes que no serían para mí, entra y pide aquella mesa de cartón adornada con mariposas blancas. Alguien dijo que suene el acordeón y Ella      Ella nos citó en París en Primavera. Mira, mañana, a esa hora, qué miedo tengo ahora, nunca quise dormir sola y de hoy en dos auroras        Pero ¿qué podía hacer yo?          Qué innoble el amor cuando es simplemente ausencia, dijo aquel joven atildado, ¿agradeciste tú su mirada de cristal? Vete allí mañana y recuerda mis manos de tonta enamorada       No de ti        Ni de él         Tampoco Ella         tan lejana Cuatro niños alquilaron una mesa para reunir sus cuerpos       muñecos de cera. Fue a la hora de las luces       Las hogueras         El acordeonista enloqueció         arrancó el puñal de plata de entre sus costillas y rasgó el instrumento de cartón. No surgieron notas, sólo viento y mil espejos de color. El         era El disfrazado de rufián espiándonos desde su irreductible rostro de marfil      Agitó en el aire su pañuelo de seda      Qué grotesco su intento para hacer que apareciera      no una paloma        una liebre o una flor      sino sólo el rostro que siempre había amado. Lo contó luego, que nos vio, brindando por un futuro, mientras íntimamente seguíamos soñando en convertirnos en gnomos y en señores de mil tierras conquistadas o en vasallos de un rey enamorado de las flores          Por qué no dijiste que te ibas a la guerra. Incluso El te hubiera dado el corazón       ¿Estaba el vuestro destrozado por la vida?       No el mío ni por los sueños. La canción. No cantes para mí canciones tan tristes como aquélla, no me llames esta noche, no estaré. Luego la vi. El terciopelo rojo de mesas y paredes me envolvió en la creencia de que escapa todo cuanto vuela. ¿Cómo iba a contarlo aquella noche? Me lo dijo de un tirón, anda, vete, sé buena. Hablásteis de escaramuzas y de lo locas que son algunas chicas. Peter Pan encerrado bajo siete llaves      Y murió         Abandonado en un oscuro rincón del calabozo más helado. Salió en los periódicos que al día siguiente todos los niños del mundo a la edad de siete años         se sentaron Qué duro el banco de madera tras las rejas del Banco de Inglaterra        Medían, como metro cuarenta      Eran, no viejos ni muertos estaban arrugados         Alcoholizados. No es gran cosa el alcohol. Sólo que hay noches y casas y ríos y ojos que se cierran y cuerpos que se balancean y bocas que se abren        titubean y se escapan      vuelan       las quimeras. Las noches y las calles. Mata el alcohol, lo dijo El, que lo sabía, deshace, era tan digno, tan perfecto, no bebas, decía, vete a casa, no bebas, decía, vete al campo, no bebas, decía, porque nada alegra un corazón pervertido por la melancolía. El lo dijo aquella noche      El frío cortó la copa de los árboles y el viento trató de derribar unos cuantos edificios y vi colgados por las esquinas grandes posters luminosos anunciando la noticia de lo que ya se presentía. Vete allí mañana      aguardan las estanterías de licores, los mármoles de estrías dislocadas, las palabras      Hablaban y decían y olvidaban. Y El        El vivía de las noches y de las esferas que el humo de los cigarrillos dibujaba en ellas     Habló. De Aquella Chica     Qué manías       qué tristes pueden ser algunas vidas. Qué miedo ahora, pero mañana       nada         Quisiera que cantaras canciones tan tristes como aquélla pero no llegarán hasta el fondo de la tierra       quisiera que lloraras       pero las lágrimas no lograrán traspasar el frío de una lápida       quisiera que con un cuchillo rasgárais en la carne, en la vuestra que ha  sido amada, que inundárais las calles con sangre desesperada, pero no calará mi fosa para calentar la mía, helada. Cuando haya muerto, amado mío, quédate como estás ahora, muñeco inerte, amodorrado bajo mi sábana, no intentes poner en movimiento tus piernas sólo llenas de serrín. Querido, querido Pinocho, quédate donde estás, besaré tu nariz tan amada, compréndelo, no puedes andar por el mundo con ella, no puedes pretender ser bien acogido teniendo en cuenta que no sabes ni hablar. Juguete que nunca se olvida, vuélvete al bazar. Cristales transparentes, compañeros de otros tiempos que no contarán historias confusas como yo las mías. Ni te dirán       Querido, querido Pinocho, mañana llevaría conmigo al centro del olvido tu sonrisa de loco abandonado, tu cuerpo de serrín. Vete. El, un día, ya harto, rompió el silencio de mi vida. Se lo dijo, a aquel joven ignorante de verbenas       Aquella Chica es una loca enamorada de la vida         Esa Mujer       una loca enamorada de sí misma, no me esperes a la salida del teatro porque no iré. Querido, querido Pinocho, vuélvete al bazar. Vete a ver volar los aviones          Vuelan y revientan en el aire       Y el cielo tiembla      Centellea     Y es como cuando una  estrella        o el corazón        se desintegra.




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