"Y siento dentro de mí, horrorizada, cuán débil, miserable, debe de ser esa especie de sustancia que vanidosamente llamamos alma, espíritu, sentimiento, lo que llamamos dolor, cuando todo eso, aun manifestándose en un grado extremo, no logra destruir el cuerpo lacerado..., cuando se sobrevive a horas así, en vez de morir, de aniquilarse, como un árbol partido por el rayo. Sólo por un breve momento el dolor me atenazó los miembros, cuando caí pesadamente sobre el banco, perdida la respiración y sintiendo un voluptuoso desfallecimiento precusor de la muerte. Me repuse en seguida, pensando que todo dolor es cobarde, puesto que retrocede ante el poderoso imperativo de la ida que parece adherirse a nuestra carne más intensamente que todo dolor mortal lo está a nuestro espíritu".
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| Françoise Huguier |
Extracto del libro "Veinticuatro horas de una mujer" de Stefan Zweig.