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martes, 14 de julio de 2015

Fragmento del libro "El laberinto del Albayzín" de Francisco Miranda Terrer.

Francisco Miranda Terrer (in memoriam)


«Me imaginaba habitando un mundo sin policías ni tabúes, donde la libertad no exigía heroísmo y se daba naturalmente. Donde los seres humanos, en vez de tolerarse, como fuera que constantemente descubrían, los unos en los otros, expresiones de ese flujo genesíaco, se profesaban respeto. Donde se fomentaba la iniciativa de cada uno en vez de temerla. Donde todas las puertas se mantenían abiertas y solamente era imposible lo que no se podía concebir. 
      La realidad, en cambio, corría despavorida en dirección al progreso, arrastrada por su propia inercia, cada más acelerada, inmersa en una dinámica asfixiante de dominio y obediencia, repitiéndose, repitiendo hasta el hartazgo más mando, más obediencia, produciendo muerte y dinero, fijando los hechos con inútiles cerrojos legales y arrojando las llaves al pozo negro de la historia.
Temía que el poder hubiera alcanzado tal magnitud que ya ni siquiera el arte le planteara oposición; que constreñir el Eros al arte no ayudaba sino a prolongar su agonía. El mundo no necesitaba ni una pizca más de esa cultura con que babeaban los politicastros (como si el garrote vil, la inquisición y la silla eléctrica no formasen también parte de la cultura). Se necesitaba algo vivo, que nadie pudiera encerrar en una urna, que irrumpiera en plena calle dispuesto a inocular el veneno de la liberta y la belleza, y que ningún antídoto lograra debilitar. Hacía falta una revolución y yo, insensato, me sentía preparado para llevarla a cabo solo».


Extracto del libro "El laberinto del Albayzín" de Paco Miranda Terrer.