¡Bienvenidos!

miércoles, 9 de marzo de 2016

Extracto del libro "Instrumental" de James Rhodes.

«Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate»
(Charles Bukowski)

Blog de Cultura de "The Guardian", 26 de abril de 2013.



Después del inevitable «¿Cuántas horas ensayas al día?» y del «Enséñame las manos», el comentario más habitual que me suele hacer la gente cuando se entera de que soy pianista es el siguiente: «Yo tocaba el piano de pequeño, lamento mucho haberlo dejado». Supongo que los escritores han perdido la cuenta de la cantidad de personas que les han dicho «que siempre han llevado un libro en su interior». Parece que nos hemos convertido en una sociedad de creatividad perdida y añorada. Un mundo en el que la gente se ha rendido (o los han forzado a rendirse) a una vida sonámbula compuesta por el trabajo, las obligaciones domésticas, lo pagos de la hipoteca, la comida basura, la tele basura, el todo basura, ex-mujeres enfadadas, hijos con déficit de atención y el gran atractivo de  comer pollo en un cubo mientras se mandan e-mails a clientes a las ocho de la tarde de un fin de semana.

  Hagamos el cálculo, podemos funcionar (a veces de maravilla) con seis horas de sueño por la noche. Durante siglos, ocho horas de trabajo han sido más que suficientes (no deja de ser irónico que trabajemos más horas desde que se han inventado Internet y los smartphones). Con cuatro horas sobra para recoger a los niños, adecentar el piso, comer, limpiar y el resto de etcéteras. Nos quedan seis. Trescientos sesenta minutos para hacer lo que queremos. ¿Lo que queremos es limitarnos a atontarnos y hacer aún más rico al directivo iscográfico Simon Cowell? ¿Pasar el rato en Twitter y Facebook buscando un romance, un bromance, gatos, partes meteorológicos, necrológicas y cotilleos? ¿Emborracharnos nostálgica y desastrosamente en un pub en el que ni siquiera se puede fumar?
  ¿Y si pudieras aprender todo lo que hay que saber para tocar el piano en menos de una hora (algo que sostenía, de forma correcta desde mi punto de vista, el fallecido y genial Glenn Gould)? Las nociones básicas de cómo ensayar y cómo leer partituras, la mecánica física del movimiento de los dedos y la postura, todas las herramientas necesarias para llegar a interpretar una pieza, se pueden escribir y transmitir como si fuera el manual para montar un mueble en casa; luego ya solo depende de ti dedicarte a gritar y chillar y clavarte clavos en los dedos con la esperanza de poder descifrar algo indeciblemente incomprensible, hasta que, si tienes mucha suerte, acabas algo que se parece a medias al producto original.
  ¿Y si por doscientas libras pudieras comprarte un viejo piano vertical por eBay y que te lo llevaran a casa? ¿Y si luego te dijeran que con el profesor adecuado y cuarenta minutos diarios de ensayo bien hecho puedes aprender en pocas semanas una pieza que siempre has querido tocar? ¿No merece la pena explorar esta posibilidad?
  ¿Y si en vez de un club de lectura te unieras a un club de escritura? En el que todas las semanas tuvieras la obligación (de verdad) de llevar tres páginas de tu novela, novela corta, obra de teatro, para leerlas en voz alta.
 ¿Y si en vez de pagar las setenta libras mensuales que te cuesta un gimnasio al que le encanta hacerte sentir gordo, culpable y a años luz del hombre con el que tu mujer se casó, te compras unos lienzos en blanco, pinturas, y pasas un rato todos los días creando tu versión del «te quiero» hasta darte cuenta de que cualquier mujer al lado de la cual valga la pena estar querría acostarse contigo en ese mismo momento justo por eso, a pesar de que no tengas unos abdominales perfectos?
  Yo estuve diez años sin tocar el piano. Una década de muerte lenta en la que trabajé en la City llevado por la codicia, en pos de algo que nunca llegó a existir (seguridad, autoestima, ser Don Draper aunque un poco más bajito y sin tantas mujeres alrededor). Solo cuando el dolor de no estar tocando se hizo mayor que el dolor imaginado de si estar haciéndolo, tuve los cojones suficientes para dedicarme a lo que realmente quería, a lo que me había obsesionado desde los siete años: ser concertista de piano.
  (...)Y sin embargo... la recompensa de coger un montón de papeles llenos de tinta de una estantería de la tienda Chappel de Bond Street es indescriptible. Llevártelos a casa en metro, colocar la partitura, un lápiz, café y un cenicero en el piano y acabar al cabo de unos días, semanas o meses, siendo capaz de interpretar algo que un compositor loco, genial, chalado, de hace trescientos años, escuchó en su cabeza mientras el dolor o la sífilis lo volvían loco. Una pieza musical que siempre dejara perplejas a las grandes mentes del mundo, que no puede explicarse, que sigue viva, flotando en éter, y que lo seguirá haciendo durante varios siglos. Eso es algo extraordinario. Yo lo hice. Y lo hago continuamente, cosa que no deja de sorprenderme.
  El Gobierno esta llevando a cabo recortes en los estudios musicales de los colegios, cargándose las becas artísticas con el mismo júbilo que siente un niño estadounidense y obeso en la heladería Baskin Robbins.  De modo que, aunque solo sea por joder, ¿no merece la pena luchar contra eso con algún gesto pequeño? Escribe tu puto libro. Apréndete un preludio de Chopin, ponte en plan Jackson Pollock ocn los niños, asa unas horas redactando un haiku. Hazlo porque importa, incluso sin la fanfarria, el dinero, y la fama y las sesiones de fotos para la revista Heat a las que todos nuestros hijos creen hoy que tienen derecho porque Harry Styles ha salido en ella.
  Charles Bukowski, héroe de los adolescentes angustiados de todo el planeta, nos pide que «encontremos lo que nos encanta y dejemos que nos mate», Quizá el suicidio por creatividad sea algo a lo que aspirar en una época en la que la mayoría de la gente conoce mejor a Katie Price que el Concierto «Emperador»,



lunes, 27 de julio de 2015

Fragmento del libro "Carne de Píxel" de Agustín Fernández Mallo



“(a) He encontrado una nueva forma de felicidad que está también en el equilibrio del funambulista [en el propio equilibrio], en el instante en que suspende la visión el parpadeo, en el pájaro que aletea para permanecer quieto, o en el punto en que se cruzan dos cartas con mensajes probablemente contrarios [pero hay que continuar, te dije, hay que continuar], en el punto en el que la levedad iguala al peso: cuando no siento ni hastío ni hambre y es como si desapareciese el cuerpo. (b) A veces llegué a pensar que en algún futuro [las fotos son recién nacidos que no crecen] seríamos como Leonard Cohen y Susan en esa foto que tanto mirábamos de Leonard Cohen y Susan: incorruptibles, unicelulares, glamour químicamente puro, envidiados, elegantes: un nuevo estado [6º] de la materia. (a∩b) No sé cuál de los dos estados es metáfora del otro, si la metáfora se inventó para dar vida a todo lo mal muerto y una vez resucitado aniquilarlo para siempre. En esa emboscada se resume todo este ADN postpoético”.


Extracto del libro "Carne de Píxel" de Agustín Fernández Mallo.


martes, 14 de julio de 2015

Fragmento del libro "El laberinto del Albayzín" de Francisco Miranda Terrer.

Francisco Miranda Terrer (in memoriam)


«Me imaginaba habitando un mundo sin policías ni tabúes, donde la libertad no exigía heroísmo y se daba naturalmente. Donde los seres humanos, en vez de tolerarse, como fuera que constantemente descubrían, los unos en los otros, expresiones de ese flujo genesíaco, se profesaban respeto. Donde se fomentaba la iniciativa de cada uno en vez de temerla. Donde todas las puertas se mantenían abiertas y solamente era imposible lo que no se podía concebir. 
      La realidad, en cambio, corría despavorida en dirección al progreso, arrastrada por su propia inercia, cada más acelerada, inmersa en una dinámica asfixiante de dominio y obediencia, repitiéndose, repitiendo hasta el hartazgo más mando, más obediencia, produciendo muerte y dinero, fijando los hechos con inútiles cerrojos legales y arrojando las llaves al pozo negro de la historia.
Temía que el poder hubiera alcanzado tal magnitud que ya ni siquiera el arte le planteara oposición; que constreñir el Eros al arte no ayudaba sino a prolongar su agonía. El mundo no necesitaba ni una pizca más de esa cultura con que babeaban los politicastros (como si el garrote vil, la inquisición y la silla eléctrica no formasen también parte de la cultura). Se necesitaba algo vivo, que nadie pudiera encerrar en una urna, que irrumpiera en plena calle dispuesto a inocular el veneno de la liberta y la belleza, y que ningún antídoto lograra debilitar. Hacía falta una revolución y yo, insensato, me sentía preparado para llevarla a cabo solo».


Extracto del libro "El laberinto del Albayzín" de Paco Miranda Terrer.

domingo, 12 de julio de 2015

Frase del libro "El camino" de Miguel Delibes.


Pablo Picasso - Olga


“Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la amarga sensación de que nada, nada de lo pasado, podía volver a repetirse”.


Extracto del libro "El camino" de Miguel Delibes.  

viernes, 26 de junio de 2015

Extracto del libro "Stoner" de John Williams



«Solía verte allí de pie, frente a la clase, tan grande, encantador e incómodo, y te deseaba intensamente. Nunca te diste cuenta, ¿no?». «No», dijo William. «Creía que eras una señorita recatada». Ella rió encantada.«¡Sobre todo recatada!», se puso un poco seria sonriendo por el recuerdo. «Supongo que yo también pensaba que lo era, ¡oh, qué recatados parecemos cuando no tenemos motivos para no serlo! Hace falta enamorarse para conocernos mejor a nosotros mismos. A veces, contigo, me siento como la más zorra del mundo, la más ansiosa y fiel zorra del mundo ¿te parece eso recatado?».

Fragmento del libro "Stoner" de John Williams.

Extracto del libro "Setecientos millones de rinocerontes" de Manuel Vilas

Mette I - Jan Esmann


"Te diré, dulce X., que el trastorno es pasar de la normalidad a la excepcionalidad, del orden gris y acartonado a la festividad sustancial e imprevisible del rinoceronte. Todo ser humano tiene derecho a ser libre y a estar enamorado. 

Por tanto, todo ser humano tiene derecho a convertirse en un rinoceronte.

Todo ser humano tiene derecho a emprender un viaje hacia lo desconocido, hacia las Indias, hacia África y Asia, hacia el horizonte marino, hacia el ceremonioso unicornio, para saber qué hay más allá de ese horizonte que los océanos esconden.

Pensé que una buena metáfora de la vida vivida eran setecientos millones de rinocerontes rompiendo la luz.

La memoria es eso, setecientos millones de rinocerontes a la vez.

Conviértete en un rinoceronte.

El rinoceronte es un trastorno enamorado.

Trastórnate. Es delicioso".

Fragmento del libro "Setecientos millones de rinocerontes" de Manuel Vilas.

Fragmento del libro "Memorias del subsuelo" de Fiódor Dostoyevski

Hambre (Hunger) - Oswaldo Guayasamin


«Mi cólera está sometida a una especie de descomposición química, en virtud precisamente de esas malditas leyes de conciencia. Apenas distingo el objeto de mi odio, he aquí que éste se desvanece, los motivos se disipan, el responsable se volatiliza, el insulto deja de ser insulto y se presenta como obra del destino, como algo semejante a un dolor de muelas, al que todo el mundo está expuesto. y entonces mi único consuelo es romperme los puños contra la pared. En la imposibilidad de encontrar las causas primeras, renuncio, pues, a mi venganza con un desdén afectado. ¡Ah, si tratase uno de abandonarse a sus sentimientos, ciegamente, sin reflexión alguna, sin buscar ninguna razón, alejando de sí toda conciencia, aunque no fuera más que por algún tiempo!... ¡Entonces la cosa sería muy distinta! ¡Maldice o adora, pero no estés con los brazos cruzados! Desde el día siguiente te despreciarás por haberte engañado a ti mismo a sabiendas. Resultado final: pompas de jabón, inercia...
¡Ah, señores!, es posible que me considere inteligente en extremo por la única razón de que en mi vida no he logrado empezar ni acabar nada. No soy, pues, más que un charlatán, un inofensivo charlatán, un pesado como todos nosotros. Pero ¿qué le voy a hacer, señores, si el destino del hombre inteligente es charlar, es decir, verter agua en un tamiz?».


Extracto del libro "Memorias del subsuelo" de Fiódor Dostoyevski.