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viernes, 17 de marzo de 2017

Fragmento del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Daniel Sprick

Es cierto que el arte consiste en el perfeccionamiento de la forma. Mas vosotros —y aquí nos encontramos frente a otro cardinal error vuestro— os imagináis que el arte consiste en la creación de obras perfectas; aquel inmenso y panhumano proceso de crear la forma lo reducís a producir poemas o sinfonías; y aun nunca supisteis apreciar debidamente y aclararlo a los demás cuan enorme es el papel de la forma en nuestra vida. Aun en la psicología no supisteis asegurar a la forma el lugar debido. Hasta ahora seguimos juzgando que son los sentimientos, instintos o ideas los que rigen nuestra conducta, mientras a la forma la consideramos más bien como un inofensivo y suplementario adorno. Y cuando la viuda, acompañando al féretro de su marido, con ternura llora, nosotros pensamos que llora porque dolorosamente siente su pérdida. Cuando algún ingeniero, médico o abogado asesina a su esposa, hijos o amigo, opinamos que se deja llevar al asesinato por sanguinarios y rabiosos instintos. Cuando algún político tonta, mentirosa y estrechamente se expresa en su discurso público, decimos que es tonto porque tontamente se expresa. Pero en la Realidad el asunto se presenta así: que el ser humano no se exterioriza de modo inmediato y concordante con su naturaleza, sino siempre en una definida forma; y que esta forma, aquel estilo, modo de ser, modo de hablar y reaccionar, no proviene sólo de él sino que le es impuesto desde el exterior, y he aquí que ese mismo hombre puede manifestarse por afuera, ora sabia, ora tontamente, sanguinaria o angélicamente, madura o inmaduramente según qué forma, qué estilo se le presente, y cómo esté presionado y limitado por el prójimo. Y si los gusanos e insectos todo el día corren y vuelan buscando comida, nosotros, sin un momento de descanso, sin cesar, estamos en busca de forma y de expresión, batallamos con otros hombres por el estilo, por el modo de ser nuestro y, viajando en un tranvía, comiendo, divirtiéndonos o descansando o haciendo negocios, siempre y sin cesar buscamos la forma y nos deleitamos con ella, o sufrimos por ella, o nos adaptamos a ella, la rompemos y violamos, o nos dejamos violar por ella, amén.



Extracto del libro Ferdydurke de Witold Gombrowicz.

Frase del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Julie Van Wezemael


—¡Adolescentes! —proclamó Sifón—. ¡Adolescentes! ¡Arriba los corazones! ¡Formemos un grupo en pro de la pureza juvenil y en contra de los que la ensucian! ¡Juremos no tener nunca vergüenza de lo limpio, lo hermoso, lo bello y noble! ¡Adelante pues!




Extracto del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

martes, 26 de abril de 2016

Nunca es tarde - Benjamín Prado.


Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
Nadja Jovanovic
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.

Benjamín Prado

miércoles, 9 de marzo de 2016

Extracto del libro "Instrumental" de James Rhodes.

«Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate»
(Charles Bukowski)

Blog de Cultura de "The Guardian", 26 de abril de 2013.



Después del inevitable «¿Cuántas horas ensayas al día?» y del «Enséñame las manos», el comentario más habitual que me suele hacer la gente cuando se entera de que soy pianista es el siguiente: «Yo tocaba el piano de pequeño, lamento mucho haberlo dejado». Supongo que los escritores han perdido la cuenta de la cantidad de personas que les han dicho «que siempre han llevado un libro en su interior». Parece que nos hemos convertido en una sociedad de creatividad perdida y añorada. Un mundo en el que la gente se ha rendido (o los han forzado a rendirse) a una vida sonámbula compuesta por el trabajo, las obligaciones domésticas, lo pagos de la hipoteca, la comida basura, la tele basura, el todo basura, ex-mujeres enfadadas, hijos con déficit de atención y el gran atractivo de  comer pollo en un cubo mientras se mandan e-mails a clientes a las ocho de la tarde de un fin de semana.

  Hagamos el cálculo, podemos funcionar (a veces de maravilla) con seis horas de sueño por la noche. Durante siglos, ocho horas de trabajo han sido más que suficientes (no deja de ser irónico que trabajemos más horas desde que se han inventado Internet y los smartphones). Con cuatro horas sobra para recoger a los niños, adecentar el piso, comer, limpiar y el resto de etcéteras. Nos quedan seis. Trescientos sesenta minutos para hacer lo que queremos. ¿Lo que queremos es limitarnos a atontarnos y hacer aún más rico al directivo iscográfico Simon Cowell? ¿Pasar el rato en Twitter y Facebook buscando un romance, un bromance, gatos, partes meteorológicos, necrológicas y cotilleos? ¿Emborracharnos nostálgica y desastrosamente en un pub en el que ni siquiera se puede fumar?
  ¿Y si pudieras aprender todo lo que hay que saber para tocar el piano en menos de una hora (algo que sostenía, de forma correcta desde mi punto de vista, el fallecido y genial Glenn Gould)? Las nociones básicas de cómo ensayar y cómo leer partituras, la mecánica física del movimiento de los dedos y la postura, todas las herramientas necesarias para llegar a interpretar una pieza, se pueden escribir y transmitir como si fuera el manual para montar un mueble en casa; luego ya solo depende de ti dedicarte a gritar y chillar y clavarte clavos en los dedos con la esperanza de poder descifrar algo indeciblemente incomprensible, hasta que, si tienes mucha suerte, acabas algo que se parece a medias al producto original.
  ¿Y si por doscientas libras pudieras comprarte un viejo piano vertical por eBay y que te lo llevaran a casa? ¿Y si luego te dijeran que con el profesor adecuado y cuarenta minutos diarios de ensayo bien hecho puedes aprender en pocas semanas una pieza que siempre has querido tocar? ¿No merece la pena explorar esta posibilidad?
  ¿Y si en vez de un club de lectura te unieras a un club de escritura? En el que todas las semanas tuvieras la obligación (de verdad) de llevar tres páginas de tu novela, novela corta, obra de teatro, para leerlas en voz alta.
 ¿Y si en vez de pagar las setenta libras mensuales que te cuesta un gimnasio al que le encanta hacerte sentir gordo, culpable y a años luz del hombre con el que tu mujer se casó, te compras unos lienzos en blanco, pinturas, y pasas un rato todos los días creando tu versión del «te quiero» hasta darte cuenta de que cualquier mujer al lado de la cual valga la pena estar querría acostarse contigo en ese mismo momento justo por eso, a pesar de que no tengas unos abdominales perfectos?
  Yo estuve diez años sin tocar el piano. Una década de muerte lenta en la que trabajé en la City llevado por la codicia, en pos de algo que nunca llegó a existir (seguridad, autoestima, ser Don Draper aunque un poco más bajito y sin tantas mujeres alrededor). Solo cuando el dolor de no estar tocando se hizo mayor que el dolor imaginado de si estar haciéndolo, tuve los cojones suficientes para dedicarme a lo que realmente quería, a lo que me había obsesionado desde los siete años: ser concertista de piano.
  (...)Y sin embargo... la recompensa de coger un montón de papeles llenos de tinta de una estantería de la tienda Chappel de Bond Street es indescriptible. Llevártelos a casa en metro, colocar la partitura, un lápiz, café y un cenicero en el piano y acabar al cabo de unos días, semanas o meses, siendo capaz de interpretar algo que un compositor loco, genial, chalado, de hace trescientos años, escuchó en su cabeza mientras el dolor o la sífilis lo volvían loco. Una pieza musical que siempre dejara perplejas a las grandes mentes del mundo, que no puede explicarse, que sigue viva, flotando en éter, y que lo seguirá haciendo durante varios siglos. Eso es algo extraordinario. Yo lo hice. Y lo hago continuamente, cosa que no deja de sorprenderme.
  El Gobierno esta llevando a cabo recortes en los estudios musicales de los colegios, cargándose las becas artísticas con el mismo júbilo que siente un niño estadounidense y obeso en la heladería Baskin Robbins.  De modo que, aunque solo sea por joder, ¿no merece la pena luchar contra eso con algún gesto pequeño? Escribe tu puto libro. Apréndete un preludio de Chopin, ponte en plan Jackson Pollock ocn los niños, asa unas horas redactando un haiku. Hazlo porque importa, incluso sin la fanfarria, el dinero, y la fama y las sesiones de fotos para la revista Heat a las que todos nuestros hijos creen hoy que tienen derecho porque Harry Styles ha salido en ella.
  Charles Bukowski, héroe de los adolescentes angustiados de todo el planeta, nos pide que «encontremos lo que nos encanta y dejemos que nos mate», Quizá el suicidio por creatividad sea algo a lo que aspirar en una época en la que la mayoría de la gente conoce mejor a Katie Price que el Concierto «Emperador»,



lunes, 27 de julio de 2015

Fragmento del libro "Carne de Píxel" de Agustín Fernández Mallo



“(a) He encontrado una nueva forma de felicidad que está también en el equilibrio del funambulista [en el propio equilibrio], en el instante en que suspende la visión el parpadeo, en el pájaro que aletea para permanecer quieto, o en el punto en que se cruzan dos cartas con mensajes probablemente contrarios [pero hay que continuar, te dije, hay que continuar], en el punto en el que la levedad iguala al peso: cuando no siento ni hastío ni hambre y es como si desapareciese el cuerpo. (b) A veces llegué a pensar que en algún futuro [las fotos son recién nacidos que no crecen] seríamos como Leonard Cohen y Susan en esa foto que tanto mirábamos de Leonard Cohen y Susan: incorruptibles, unicelulares, glamour químicamente puro, envidiados, elegantes: un nuevo estado [6º] de la materia. (a∩b) No sé cuál de los dos estados es metáfora del otro, si la metáfora se inventó para dar vida a todo lo mal muerto y una vez resucitado aniquilarlo para siempre. En esa emboscada se resume todo este ADN postpoético”.


Extracto del libro "Carne de Píxel" de Agustín Fernández Mallo.


martes, 14 de julio de 2015

Fragmento del libro "El laberinto del Albayzín" de Francisco Miranda Terrer.

Francisco Miranda Terrer (in memoriam)


«Me imaginaba habitando un mundo sin policías ni tabúes, donde la libertad no exigía heroísmo y se daba naturalmente. Donde los seres humanos, en vez de tolerarse, como fuera que constantemente descubrían, los unos en los otros, expresiones de ese flujo genesíaco, se profesaban respeto. Donde se fomentaba la iniciativa de cada uno en vez de temerla. Donde todas las puertas se mantenían abiertas y solamente era imposible lo que no se podía concebir. 
      La realidad, en cambio, corría despavorida en dirección al progreso, arrastrada por su propia inercia, cada más acelerada, inmersa en una dinámica asfixiante de dominio y obediencia, repitiéndose, repitiendo hasta el hartazgo más mando, más obediencia, produciendo muerte y dinero, fijando los hechos con inútiles cerrojos legales y arrojando las llaves al pozo negro de la historia.
Temía que el poder hubiera alcanzado tal magnitud que ya ni siquiera el arte le planteara oposición; que constreñir el Eros al arte no ayudaba sino a prolongar su agonía. El mundo no necesitaba ni una pizca más de esa cultura con que babeaban los politicastros (como si el garrote vil, la inquisición y la silla eléctrica no formasen también parte de la cultura). Se necesitaba algo vivo, que nadie pudiera encerrar en una urna, que irrumpiera en plena calle dispuesto a inocular el veneno de la liberta y la belleza, y que ningún antídoto lograra debilitar. Hacía falta una revolución y yo, insensato, me sentía preparado para llevarla a cabo solo».


Extracto del libro "El laberinto del Albayzín" de Paco Miranda Terrer.

domingo, 12 de julio de 2015

Frase del libro "El camino" de Miguel Delibes.


Pablo Picasso - Olga


“Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la amarga sensación de que nada, nada de lo pasado, podía volver a repetirse”.


Extracto del libro "El camino" de Miguel Delibes.