"Pero su dolor era una interferencia en su inmortalidad. Era crucial para su condición inconfundible, era demasiado vital para puentearlo, y no era susceptible, le pareció, de una emulación por ordenador. Las cosas que le hacían ser quien era a duras penas podían identificarse, y mucho menos convertirse en meros datos, las cosas que vivían y bullían en su cuerpo, en todas partes, al azar, levantiscas, cientos de miles de millones de billones, en las neuronas y los péptidos, en el latir de una vena en la sien, en los virajes de su libidinoso intelecto. Con todo lo que había ido y venido, ése es quien era, el sabor perdido de la leche mamada en el pecho materno, lo que estornuda cuando estornuda, ése es él, y es de ver cómo se convierte una persona en un reflejo que ve en un escaparate polvoriento al pasar. Llegará a conocerse de una manera intraducible a través de su dolor. Qué cansado se encontraba. La fuerza con que había sujetado el mundo entero, las cosas materiales, grandes cosas, sus recuerdos verdaderos y falsos, la vaga y enfermiza incomodidad de los crepúsculos en invierno, intransferibles, las noches de palidez en que su identidad se aplana por la falta de sueño, la minúscula verruga que percibe en el muslo siempre que se ducha, todo eso es él, y el modo en que el jabón que emplea, el olor y el tacto de la pastilla cóncava le hace ser quien es porque pone nombre a la fragancia, amandina, y el modo en que le pende la polla, intransferible, y esa rodilla que le duele de una manera extraña, el ruido que emite cuando la flexiona, todo eso es él, y tantas cosas más que no resultan convertibles a una sublimación, a la tecnología de la mente sin fin".
Fragmento del libro "Cosmópolis" de Don Delillo.

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