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viernes, 17 de marzo de 2017

Fragmento del libro "Nada en el domingo" de Francisco Umbral.

A., con la vida de la vida y la vida de la muerte luchando en su interior. Dos frentes, como en una guerra. La guerra civil que nos espera a todos inmediatamente después de morir. Unos órganos no quieren enterarse de que están muertos y otros han empezado a trabajar ya a favor de la muerte. Menos mal que el hielo de las grandes clínicas viene a poner paz en todo esto, como la nieve ponía paz en las campañas rusas de Napoleón. Baja el frío, o sube, y todas las vísceras se paran, las últimas vegadas de sangre se congelan entre los juncos interiores del río humano, y ya está. Eso es: la congelación, la hibernación del muerto como la nieve sobre los restos de un campo de batalla. Todo queda más en paz, la pudrición se detiene y hasta hace bonito, tanta blancura. A., en estos momentos, es el ejército de Napoleón (o el de Hitler) preso entre las nieves de Rusia. Qué pasa con un muerto cuando se muere. Qué va a pasar conmigo cuando me muera. Nada. Que la vida dura más allá de la vida, como a veces seguimos buscando lo que ya hemos encontrado. Que el cuerpo funciona por ciclos completos y que determinados procesos químicos no se detienen porque uno se haya muerto (lo que prueba que son indiferentes, asimismo, a la vida de uno). Otros procesos, en cambio —el de pensar—, se paran de golpe, o esa vieja piedra de molino que es el corazón, y ya está. De modo que el hombre, se dice Grock, ni siquiera muere del todo, ni siquiera le queda ese consuelo de morir de golpe (aunque se pegue un tiro de revólver). La vida, como viera el clásico (sólo que el clásico no sabía cuánto acertaba) es un río que va a dar a la mar, que es el morir, y el río sigue fluyendo mucho tiempo después de la muerte oficial, y Grock recuerda que a los desenterrados les suelen haber crecido las uñas y el pelo, dos materias muertas, y en ese mismo momento decide que le incineren, en cuanto llegue a casa dejo escrito que a mí me incineren, no quiero ser esa mierda de muerto/vivo que es el hombre para la eternidad. Se ha cantado mucho la paz de la muerte y resulta que no hay tal paz, sino una guerra civil bajo tierra, que quizá dura años, por no hablar de los gusanos y todo eso. A mí que me incineren, señor Juez.

Jan Esmann

[...] Porque luego está el proceso inverso, claro, joder con el whisky de mierda de la vieja de mierda, y qué ardores y qué dolor de cabeza, el proceso inverso, sí, que consiste en irse muriendo en vida, todos nos morimos en vida, claro, es un tópico, alguien dijo que a partir de los dos años de edad empieza el final, pero yo me refiero ahora al morirse en vida de quienes nos damos cuenta: cada día se nos va quedando necrosada una parte del cuerpo por dentro, y cada día nos va abandonando una porción de vida, una península de biografía, un continente entero, lo que sea. Cada día estamos más solos y más muertos, y aquí no hay hibernación ni hostias, sino un vivir para darse cuenta de que ya se vive menos, cada vez menos. Vivir, Grock, es asistir a la propia muerte, porque la muerte inicia su trabajo mucho antes de que te des el golpe de moto que se dio A. La muerte trabaja a largo plazo.


Extracto del libro "Nada en el domingo" de Francisco Umbral.

Extracto del libro "Nada en el domingo" de Francisco Umbral.

Fotografía de Yvonne Chevalier
"Piensa en la extraña condición de la soledad: la soledad genera erizos y perros muertos, pintura barroca, enigmática, mala e invendible, la soledad genera alcohol y cachorros de león, muertos de domingo y motos de circo, esposas jóvenes, desvencijadas y viudas, la soledad, en fin, genera domingos llenos de gente y vacíos de vida, muchachas drogadas, borrachos y meretrices que se afeitan el vello del pubis. La soledad es lo más poblado que existe".



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Fragmento del libro de "Nada en el domingo" de Francisco Umbral.

Fragmento del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Jane Lewis



He aquí —ya llegó el tiempo, ya se puede empezar, ya sonó la hora en el reloj de los siglos—: tratad de oponeros a la forma, liberaos de la forma. Dejad de identificaros con lo que os define. Tratad de esquivaros de toda expresión vuestra. Desconfiad de vuestras opiniones. Tened cuidado de las fes vuestras y defendeos de vuestros sentimientos. Retiraos de lo que parecéis ser desde afuera y huid ante toda exteriorización, así como un pajarito ante la serpiente huye. Pues —pero no sé, francamente, si ya hoy pueden mencionarlo mis labios— es erróneo el postulado de que el hombre debería ser definido, es decir, inquebrantable en sus conceptos, categórico en sus declaraciones, claro en sus ideologías, decidido en sus gustos, responsable de sus palabras y actos, preciso y cristalizado en todo su modo de ser. Contemplad de más cerca lo quimérico de ese postulado. El elemento nuestro es la inmadurez eterna. Lo que hoy podemos pensar, sentir y decir, forzosamente se convertirá en una tontería para los biznietos. Mejor sería, entonces, si hoy ya tratásemos todo eso como una tontería, adelantándonos al tiempo… y esa fuerza que os lleva a una definición prematura no es, como creéis, una fuerza enteramente humana. Pronto nos daremos cuenta que ya no es lo más importante morir por las ideas, estilos, tesis, lemas y credos, ni tampoco aferrarse y consolidarse en ellos, sino esto: retroceder un paso y tomar distancia frente a todo lo que se produce sin cesar en nosotros. Retirada. Presiento (pero no sé si ya pueden confesarlo mis labios) que pronto llegará el tiempo de la Retirada General. Comprenderá el hijo de la tierra que él no se expresa en armonía con su ser verdadero sino siempre en forma artificial y dolorosamente impuesta desde el exterior, ora por otros hombres, ora por las circunstancias. Empezará entonces a temer aquella forma suya y a avergonzarse de ella así como hasta ahora se glorificaba y se consolidaba en ella. Pronto empezaremos a temer a nuestras personas y personalidades porque sabremos que esas personas no son del todo nuestras. Y en vez de vociferar y rugir: yo creo eso, yo siento eso, yo soy así, yo defiendo eso, diremos con más humildad: a través de mí, se cree —se siente —se dice —se hace —se piensa —se obra… El vate repudiará su canto. El jefe temblará ante su orden. El sacerdote temerá al altar más que hasta ahora, la madre enseñará al hijo no sólo principios, sino también cómo manejarlos… y defenderse contra ellos para que no le hagan daño. Y, por encima de todo, lo humano se encontrará un día con lo humano. Largo y arduo será el camino. Porque hoy día tanto los individuos como naciones enteras ya saben manejar su vida psíquica casi a voluntad y son capaces de cambiar estilos, fes, principios, ideales, sentimientos según lo que se les antoje y según lo que le dicten sus intereses inmediatos; pero todavía no saben vivir y conservar su humanidad sin estilo; y estamos muy lejos de saber preservar nuestro calor interno, nuestra frescura y bondad humana contra el satanás del orden. Grandes descubrimientos se necesitan —poderosos golpes aplicados con mano débil y desnuda en la coraza dura de la Forma— una astucia sin par y gran honestidad de pensamiento y una inteligencia afilada hasta lo último, para que el hombre se salve de su rigidez exterior y logre reconciliar mejor el orden y el desorden, la forma y lo informe, la madurez y la inmadurez eterna y santa. Pero antes que eso acontezca decidme: ¿qué es lo que os gusta más: chiles o pepinos en estado fresco? ¿Y os agrada saborearlos cuando os encontráis sentados cómodamente a la sombra de un árbol, mientras vuestras partes del cuerpo se ven refrescadas por un vientecillo suave y dulce? Os pregunto esto con toda seriedad y con plena responsabilidad por la palabra y con el máximo respeto para todas vuestras partes, sin excepción alguna, pues sé que constituís parte de la Humanidad de la cual yo también soy parte, y que parcialmente participáis en una parte de una parte de algo que a su vez es una parte y de lo cual yo también soy una parte, por lo menos en parte, con todas las demás partículas y partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes. ¡Socorro! ¡Oh, malditas partes! ¡Oh, sanguinarias y horripilantes partes, de nuevo me asaltáis, perseguís, ahogáis y atragantáis por todas partes!


Extracto del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Fragmento del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Daniel Sprick

Es cierto que el arte consiste en el perfeccionamiento de la forma. Mas vosotros —y aquí nos encontramos frente a otro cardinal error vuestro— os imagináis que el arte consiste en la creación de obras perfectas; aquel inmenso y panhumano proceso de crear la forma lo reducís a producir poemas o sinfonías; y aun nunca supisteis apreciar debidamente y aclararlo a los demás cuan enorme es el papel de la forma en nuestra vida. Aun en la psicología no supisteis asegurar a la forma el lugar debido. Hasta ahora seguimos juzgando que son los sentimientos, instintos o ideas los que rigen nuestra conducta, mientras a la forma la consideramos más bien como un inofensivo y suplementario adorno. Y cuando la viuda, acompañando al féretro de su marido, con ternura llora, nosotros pensamos que llora porque dolorosamente siente su pérdida. Cuando algún ingeniero, médico o abogado asesina a su esposa, hijos o amigo, opinamos que se deja llevar al asesinato por sanguinarios y rabiosos instintos. Cuando algún político tonta, mentirosa y estrechamente se expresa en su discurso público, decimos que es tonto porque tontamente se expresa. Pero en la Realidad el asunto se presenta así: que el ser humano no se exterioriza de modo inmediato y concordante con su naturaleza, sino siempre en una definida forma; y que esta forma, aquel estilo, modo de ser, modo de hablar y reaccionar, no proviene sólo de él sino que le es impuesto desde el exterior, y he aquí que ese mismo hombre puede manifestarse por afuera, ora sabia, ora tontamente, sanguinaria o angélicamente, madura o inmaduramente según qué forma, qué estilo se le presente, y cómo esté presionado y limitado por el prójimo. Y si los gusanos e insectos todo el día corren y vuelan buscando comida, nosotros, sin un momento de descanso, sin cesar, estamos en busca de forma y de expresión, batallamos con otros hombres por el estilo, por el modo de ser nuestro y, viajando en un tranvía, comiendo, divirtiéndonos o descansando o haciendo negocios, siempre y sin cesar buscamos la forma y nos deleitamos con ella, o sufrimos por ella, o nos adaptamos a ella, la rompemos y violamos, o nos dejamos violar por ella, amén.



Extracto del libro Ferdydurke de Witold Gombrowicz.

Frase del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

Julie Van Wezemael


—¡Adolescentes! —proclamó Sifón—. ¡Adolescentes! ¡Arriba los corazones! ¡Formemos un grupo en pro de la pureza juvenil y en contra de los que la ensucian! ¡Juremos no tener nunca vergüenza de lo limpio, lo hermoso, lo bello y noble! ¡Adelante pues!




Extracto del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

martes, 26 de abril de 2016

Nunca es tarde - Benjamín Prado.


Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
Nadja Jovanovic
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.

Benjamín Prado

miércoles, 9 de marzo de 2016

Extracto del libro "Instrumental" de James Rhodes.

«Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate»
(Charles Bukowski)

Blog de Cultura de "The Guardian", 26 de abril de 2013.



Después del inevitable «¿Cuántas horas ensayas al día?» y del «Enséñame las manos», el comentario más habitual que me suele hacer la gente cuando se entera de que soy pianista es el siguiente: «Yo tocaba el piano de pequeño, lamento mucho haberlo dejado». Supongo que los escritores han perdido la cuenta de la cantidad de personas que les han dicho «que siempre han llevado un libro en su interior». Parece que nos hemos convertido en una sociedad de creatividad perdida y añorada. Un mundo en el que la gente se ha rendido (o los han forzado a rendirse) a una vida sonámbula compuesta por el trabajo, las obligaciones domésticas, lo pagos de la hipoteca, la comida basura, la tele basura, el todo basura, ex-mujeres enfadadas, hijos con déficit de atención y el gran atractivo de  comer pollo en un cubo mientras se mandan e-mails a clientes a las ocho de la tarde de un fin de semana.

  Hagamos el cálculo, podemos funcionar (a veces de maravilla) con seis horas de sueño por la noche. Durante siglos, ocho horas de trabajo han sido más que suficientes (no deja de ser irónico que trabajemos más horas desde que se han inventado Internet y los smartphones). Con cuatro horas sobra para recoger a los niños, adecentar el piso, comer, limpiar y el resto de etcéteras. Nos quedan seis. Trescientos sesenta minutos para hacer lo que queremos. ¿Lo que queremos es limitarnos a atontarnos y hacer aún más rico al directivo iscográfico Simon Cowell? ¿Pasar el rato en Twitter y Facebook buscando un romance, un bromance, gatos, partes meteorológicos, necrológicas y cotilleos? ¿Emborracharnos nostálgica y desastrosamente en un pub en el que ni siquiera se puede fumar?
  ¿Y si pudieras aprender todo lo que hay que saber para tocar el piano en menos de una hora (algo que sostenía, de forma correcta desde mi punto de vista, el fallecido y genial Glenn Gould)? Las nociones básicas de cómo ensayar y cómo leer partituras, la mecánica física del movimiento de los dedos y la postura, todas las herramientas necesarias para llegar a interpretar una pieza, se pueden escribir y transmitir como si fuera el manual para montar un mueble en casa; luego ya solo depende de ti dedicarte a gritar y chillar y clavarte clavos en los dedos con la esperanza de poder descifrar algo indeciblemente incomprensible, hasta que, si tienes mucha suerte, acabas algo que se parece a medias al producto original.
  ¿Y si por doscientas libras pudieras comprarte un viejo piano vertical por eBay y que te lo llevaran a casa? ¿Y si luego te dijeran que con el profesor adecuado y cuarenta minutos diarios de ensayo bien hecho puedes aprender en pocas semanas una pieza que siempre has querido tocar? ¿No merece la pena explorar esta posibilidad?
  ¿Y si en vez de un club de lectura te unieras a un club de escritura? En el que todas las semanas tuvieras la obligación (de verdad) de llevar tres páginas de tu novela, novela corta, obra de teatro, para leerlas en voz alta.
 ¿Y si en vez de pagar las setenta libras mensuales que te cuesta un gimnasio al que le encanta hacerte sentir gordo, culpable y a años luz del hombre con el que tu mujer se casó, te compras unos lienzos en blanco, pinturas, y pasas un rato todos los días creando tu versión del «te quiero» hasta darte cuenta de que cualquier mujer al lado de la cual valga la pena estar querría acostarse contigo en ese mismo momento justo por eso, a pesar de que no tengas unos abdominales perfectos?
  Yo estuve diez años sin tocar el piano. Una década de muerte lenta en la que trabajé en la City llevado por la codicia, en pos de algo que nunca llegó a existir (seguridad, autoestima, ser Don Draper aunque un poco más bajito y sin tantas mujeres alrededor). Solo cuando el dolor de no estar tocando se hizo mayor que el dolor imaginado de si estar haciéndolo, tuve los cojones suficientes para dedicarme a lo que realmente quería, a lo que me había obsesionado desde los siete años: ser concertista de piano.
  (...)Y sin embargo... la recompensa de coger un montón de papeles llenos de tinta de una estantería de la tienda Chappel de Bond Street es indescriptible. Llevártelos a casa en metro, colocar la partitura, un lápiz, café y un cenicero en el piano y acabar al cabo de unos días, semanas o meses, siendo capaz de interpretar algo que un compositor loco, genial, chalado, de hace trescientos años, escuchó en su cabeza mientras el dolor o la sífilis lo volvían loco. Una pieza musical que siempre dejara perplejas a las grandes mentes del mundo, que no puede explicarse, que sigue viva, flotando en éter, y que lo seguirá haciendo durante varios siglos. Eso es algo extraordinario. Yo lo hice. Y lo hago continuamente, cosa que no deja de sorprenderme.
  El Gobierno esta llevando a cabo recortes en los estudios musicales de los colegios, cargándose las becas artísticas con el mismo júbilo que siente un niño estadounidense y obeso en la heladería Baskin Robbins.  De modo que, aunque solo sea por joder, ¿no merece la pena luchar contra eso con algún gesto pequeño? Escribe tu puto libro. Apréndete un preludio de Chopin, ponte en plan Jackson Pollock ocn los niños, asa unas horas redactando un haiku. Hazlo porque importa, incluso sin la fanfarria, el dinero, y la fama y las sesiones de fotos para la revista Heat a las que todos nuestros hijos creen hoy que tienen derecho porque Harry Styles ha salido en ella.
  Charles Bukowski, héroe de los adolescentes angustiados de todo el planeta, nos pide que «encontremos lo que nos encanta y dejemos que nos mate», Quizá el suicidio por creatividad sea algo a lo que aspirar en una época en la que la mayoría de la gente conoce mejor a Katie Price que el Concierto «Emperador»,