![]() |
| Jane Lewis |
He aquí —ya llegó el tiempo, ya se puede empezar, ya sonó la hora en el reloj de los siglos—: tratad de oponeros a la forma, liberaos de la forma. Dejad de identificaros con lo que os define. Tratad de esquivaros de toda expresión vuestra. Desconfiad de vuestras opiniones. Tened cuidado de las fes vuestras y defendeos de vuestros sentimientos. Retiraos de lo que parecéis ser desde afuera y huid ante toda exteriorización, así como un pajarito ante la serpiente huye. Pues —pero no sé, francamente, si ya hoy pueden mencionarlo mis labios— es erróneo el postulado de que el hombre debería ser definido, es decir, inquebrantable en sus conceptos, categórico en sus declaraciones, claro en sus ideologías, decidido en sus gustos, responsable de sus palabras y actos, preciso y cristalizado en todo su modo de ser. Contemplad de más cerca lo quimérico de ese postulado. El elemento nuestro es la inmadurez eterna. Lo que hoy podemos pensar, sentir y decir, forzosamente se convertirá en una tontería para los biznietos. Mejor sería, entonces, si hoy ya tratásemos todo eso como una tontería, adelantándonos al tiempo… y esa fuerza que os lleva a una definición prematura no es, como creéis, una fuerza enteramente humana. Pronto nos daremos cuenta que ya no es lo más importante morir por las ideas, estilos, tesis, lemas y credos, ni tampoco aferrarse y consolidarse en ellos, sino esto: retroceder un paso y tomar distancia frente a todo lo que se produce sin cesar en nosotros. Retirada. Presiento (pero no sé si ya pueden confesarlo mis labios) que pronto llegará el tiempo de la Retirada General. Comprenderá el hijo de la tierra que él no se expresa en armonía con su ser verdadero sino siempre en forma artificial y dolorosamente impuesta desde el exterior, ora por otros hombres, ora por las circunstancias. Empezará entonces a temer aquella forma suya y a avergonzarse de ella así como hasta ahora se glorificaba y se consolidaba en ella. Pronto empezaremos a temer a nuestras personas y personalidades porque sabremos que esas personas no son del todo nuestras. Y en vez de vociferar y rugir: yo creo eso, yo siento eso, yo soy así, yo defiendo eso, diremos con más humildad: a través de mí, se cree —se siente —se dice —se hace —se piensa —se obra… El vate repudiará su canto. El jefe temblará ante su orden. El sacerdote temerá al altar más que hasta ahora, la madre enseñará al hijo no sólo principios, sino también cómo manejarlos… y defenderse contra ellos para que no le hagan daño. Y, por encima de todo, lo humano se encontrará un día con lo humano. Largo y arduo será el camino. Porque hoy día tanto los individuos como naciones enteras ya saben manejar su vida psíquica casi a voluntad y son capaces de cambiar estilos, fes, principios, ideales, sentimientos según lo que se les antoje y según lo que le dicten sus intereses inmediatos; pero todavía no saben vivir y conservar su humanidad sin estilo; y estamos muy lejos de saber preservar nuestro calor interno, nuestra frescura y bondad humana contra el satanás del orden. Grandes descubrimientos se necesitan —poderosos golpes aplicados con mano débil y desnuda en la coraza dura de la Forma— una astucia sin par y gran honestidad de pensamiento y una inteligencia afilada hasta lo último, para que el hombre se salve de su rigidez exterior y logre reconciliar mejor el orden y el desorden, la forma y lo informe, la madurez y la inmadurez eterna y santa. Pero antes que eso acontezca decidme: ¿qué es lo que os gusta más: chiles o pepinos en estado fresco? ¿Y os agrada saborearlos cuando os encontráis sentados cómodamente a la sombra de un árbol, mientras vuestras partes del cuerpo se ven refrescadas por un vientecillo suave y dulce? Os pregunto esto con toda seriedad y con plena responsabilidad por la palabra y con el máximo respeto para todas vuestras partes, sin excepción alguna, pues sé que constituís parte de la Humanidad de la cual yo también soy parte, y que parcialmente participáis en una parte de una parte de algo que a su vez es una parte y de lo cual yo también soy una parte, por lo menos en parte, con todas las demás partículas y partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes de partes. ¡Socorro! ¡Oh, malditas partes! ¡Oh, sanguinarias y horripilantes partes, de nuevo me asaltáis, perseguís, ahogáis y atragantáis por todas partes!
Extracto del libro "Ferdydurke" de Witold Gombrowicz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario